jueves, 19 de octubre de 2023

Café con leche y jugo de papaya. (Fiz tudo errado, mais dio tudo certo)

 Café con leche y jugo de papaya. 

(Fiz tudo errado, mais dio tudo certo)



Cuando compré los pasajes para ir de Brasil a Colombia, tomé lo más pronto posible una vacuna para toda la vida cuando me enteré que sin ella no podría viajar. La vacuna contra la fiebre amarilla. Fuí hasta el Sertão de Taquarí, con el bondi local que hacía una especie de city tour por los barrios aledaños. Del Sertão de Taquarí hasta el puesto de salud fueron 2 kilómetros a pié. Lo más loco es que esa vacuna es para cuidar de la salud (la fiebre amarilla es brava, me lo contó un amigo) y yo sólo la quería para poder viajar. Seriamente pregunté y busqué sediento dónde la aplicaban y lo conseguí el 23 de junio. Lo mejor que puedas es suficientemente bueno. Así lo hice… y eso que el viaje no había empezado.


Sábado 1 de julio, arranque a las 22:30 hs desde Paraty a São Paulo. Soy el terror de la planificación. En realidad el viaje no fué planificado, ni medido, simplemente fueron las ganas, el hambre… sólo que a veces, moverse sin pensar, te cachetea. Llegué a São Paulo a las 4:40 am del domingo 2. El vuelo original a Colombia salía a las 3 de la tarde. Después de unas mil vueltas por Tietê, me aburrí y me metí en el embrollo del Metrô paulista para perderme con tiempo. Pregunté bastantes indicaciones y ayudas para ubicar las conexiones de estaciones en el laberinto de colores que son las publicidades con gente sonriendo, hasta para venderte un ataúd. Llegué al Aeropuerto Internacional de Guarulhos sin más problemas. Al final del Metrô número 13 (color Jade), espera a los pasajeros un bondi gratuito del Aeropuerto que te lleva a las tres terminales. Bajé en la primera terminal porque era la que ya conocía, pero bajé mal… y la conocía precisamente porque ahí eran las llegadas, no las partidas. Subo al siguiente bondi y me bajo bien, Terminal 3. Hago el ingreso, controles, migraciones, videollamada con la familia todo felíz… espero una hora apróximadamente en la puerta de embarque… hasta que habilitan los ingresos y a los extranjeros (no colombianos) nos piden la documentación de la vacuna contra la fiebre amarilla. Ingenuo como primerizo, confié que eran diez días los que llevaba la vacuna en mi torrente sanguíneo y que sólo con el carnet del centro de salud local ya era suficiente. La vacuna no pregunta a qué hora la inyectaron en tu cuerpo, las células no piden permiso. Ellos sí, calculan horas y piden permisos internacionales. Error. Los profesionales me dejan sin aire frente a mi ignorancia con mucha diplomacia. La vacuna contra la fiebre amarilla la tenía aplicada hacía 9 días y no contaba con el certificado internacional.  En fin… no viajé. Pierdo 1 - 2, contra Arabia Saudita en el debut. Avalancha de preguntas, incertidumbre y una breve angustia aparecen… porque uno no deja de confiar en que va a dar cierto, pero estaba bien desorientado. Me recomiendan ir a un hospital cercano, por el asunto del certificado, a 20 minutos en bondi; voy, busco la parada, subo y me pasé unas 10 cuadras; tomé el mismo bondi para volver (ahora más vacío), pregunté y bajé bien. No sé cómo no me dí cuenta que el asunto era el medio de transporte, que no sabía viajar (no había tiempo para detenerse a pensar)… pero así mismo, estaba aprendiendo. Llegué al hospital (público y cuidado)… pero con la oficina para el certificado de la fiebre amarilla cerrada  (abierta de lunes a viernes, hoy todavía era domingo). A las 15:45 hs almuerzo un plato montado con todo hecho (ensalada, arroz, fritas a caballo, churrasco y frijoles… suena a mucho pero todo entraba en un plato y con un acompañamiento) , cuando lo servían hasta las 16 hs. ¡Buena! Con ese envión, hice una base estomacal para aceptar el siguiente capítulo: “No vas a viajar y te tenés que quedar en São Paulo, pero… dónde?”


Fabia siempre fue la primera y única opción en São Paulo. Nos conocemos  desde el 2008, cuando ella visitó a su hermano Leo en Buenos Aires. Pero cuando uno no habla tan seguido, da un poco de vergüenza pedir favores. También era real la necesidad de ayuda y en ese caso simplemente se pide, no hay vueltas. Blanco o negro. Branco ou preto. De vuelta con el 331 en el Aeropuerto Internacional de Guarulhos entré en contacto con Vitão al sentir que ese domingo no daba para más. Ni cambiar el pasaje, ni conseguir el certificado internacional de la vacuna para la fiebre amarilla. Sobre la vacuna, sólo pude empezar el trámite online con la ayuda de Simón desde su computadora en Colombia, que al menos ya era algo dónde mantener viva la idea de viajar; sobre el pasaje, tenía que pagar una diferencia no tan absurda para viajar el jueves, porque si quería ir el lunes, martes o miércoles, creo que no me alcanzaba ni vendiendo los dos ojos. Vitão, el grosero, llegó en el momento justo cuando mis esperanzas necesitaban un abrazo, un pão de queijo y una almohada. Camino al barrio Jaguaré fumamos hash de primera, alto nivel, São Paulo Style. Dejamos a Céu en la casa de la mamá y continuamos camino. Ya bajando del barrio y atrás de los complejos de edificios se llegan a ver las luces de forma horizontal, estrellas apoyadas en un manto negro e irregular, como una extensión del cielo paulista despejado de contaminación atmosférica. Una vez en Jaguaré, Fabia me recibió rápido por el frío, y Vitão consiguió volver sin GPS a su casa en Tautapé; me gusta provocar pequeñas aventuras en los demás. Con la sonrisa y el abrazo como check-in, subo al “Fabias`s Clan” y tiré todas mis cosas en la cama del cuarto ni bien entré. A Vitão y a Fabia, cada uno en su ambiente, les conté todo esto que me vino pasando, vergüenza o drama aparte. Pasé mi itinerario a la familia, avisando que ya estaba bien y satisfecho de la hipercomunicación por el día de hoy y que estaba en el mejor lugar donde podía estar… en casa de amigos, a salvo. El lunes temprano fuí a una unidad de salud donde podía conseguir el certificado de la vacuna. Caminé bastante, como protagonista de película independiente sin estrenar, con calles semi-vacías. En el centro de salud me informan que mi trámite se hace online ¡¡¡CLARO !!! Cierto… Me olvidé que ya lo había empezado la noche anterior con la ayuda de Simón. Cuando lo busco en la web, entro a la página y GOL (Messi 1 vs México 0 - 19 minutos, 2do. tiempo - ); ¡¡¡Certificado de la vacuna de la fiebre amarilla, LISTO!!! Volví mirando al frente, orgulloso y sonriente; como si ese film independiente se hubiera estrenado para un puñado de amigos. Amigos y amigas quienes, en definitiva, me estaban ayudando con subtítulos en portugués. Después, con ayuda de Vero, online desde Paraty, y ya en castellano-cordobés, bajamos el archivo y me lo mandó al celular. Otro golazo (Enzo Fernández 2 vs. México 0 - 41 minutos, 2do. tiempo - ).


El siguiente escalón era (ganarle a Polonia… ah re!! No, posta…) cambiar el pasaje con plata prestada y con el uso, por primera vez en mi vida, de una tarjeta de crédito a mi nombre. En el punto de venta de la aerolínea en el aeropuerto estaba con ansias y nervios para que de cierto. Imposible cambiar el pasaje para el lunes, martes o miércoles por cuestiones financieras y pagué con lo justo para viajar el jueves 06/07 a las 14:50 de la tarde. Ahora la aventura real era sobre el viaje desde Guarulhos a Jaguaré… El viaje de ida al Aeropuerto Internacional Guarulhos fué correcto; 2pm tomé el bondi 840 que termina en Butantã (línea 4 color amarilla); pegué el metrô hasta la estación Luz y de ahí, combiné con la línea 13 (color jade) hasta el aeropuerto. La vuelta la podríamos leer en el sentido inverso, sólo que en vez de tomar el bondi 840 en Butantã me subí al 640 con toda mi confianza y mi mochila al hombro. En el mapa del celular todo parecía normal y el bondi iba en la dirección en la que yo necesitaba ir, así que todo bien. Llevaba mirando de refilón la altura de la avenida, porque básicamente era un viaje bastante recto, pero de un momento para otro cambió mucho la numeración. En ese momento lo saqué y veo que todavía faltaba para bajar; digo “En 5-10 minutos me fijo en el celular de nuevo… todavía falta”; y no. Cuando me fijo, nuevamente, veo que me pasé. Guardo todo como si fuera a bajar y me acerco a preguntarle al chofer, pero en Brasil los bondis tienen una especie de molinete que se abre cuando vos pagas y queda a una buena distancia como para preguntarle al chofer si debía bajar o no, en medio del ruido y de mi portuñol en apuros. Finalmente le consulté a una mujer cerca de la puerta y me dijo que sí, que tengo que bajar, cruzar la avenida y tomar el mismo bondi para volver. Bajé en una avenida con muchas luces, hoteles de marca, movimiento, locales de chucherías y cosas chinas, autos ocupando las veredas que son para caminar… de todo. Crucé la avenida para ubicar la parada de bondis y la ansiedad me hacía querer preguntar a todos los bondis si me llevaban para Jaguaré pero, al mismo tiempo, seguía con la sensación de perdido (una vez más) y  desamparo. Y me dió una inquietud de esperar el bondi y volver a sacar y guardar el celular cada 30 segundos. Así que crucé de nuevo la avenida, comí algún salgadinho y fuí al baño. En la cena fuera del guión, digo “Bueno man, vos te metiste acá solito… vos mismo salís… no hay otra. Andá caminando.” Busqué la dirección en el mapa del celular, y preferí tirar la ansiedad en esa dirección; yo mismo, mis pies, piernas, y aquel orgullo porteño de mandarse y que sea lo que tenga que ser. Le dí para adelante, cabeza en alto, sin dejar de reír y disfrutar ésta aventura nocturna e indeseable por dentro. El camino era recto, como bordeando una avenida que por momentos se convertía en una autopista con grafitis en los hormigones que la levantaban y sostenían, con colchones acartonados disponibles; todavía habían personas andando con mayor concentración en las paradas de ómnibus o en las entradas y salidas de los centros comerciales; nada de qué preocuparse, sólo ocuparse de seguir andando pa`delante. Poco antes de llegar al Fabia`s Clan, unos minutos antes de las nueve de la noche y antes de lo acordado con ella, paré en una estación de servicio a tomar una cerveza. Pero ví que estaba todo muy tranquilo, con luces prendidas y al mismo tiempo muerto y frío. No tuve otra opción más que preguntarle a la muchacha del local si podía molestarla un momento para contarle y desahogar esta tonta forma de viajar, perder vuelos y pasarme 3 km con el bondi, todo en portugés. Pero la flaca estaba un poco como ese local, despierta y apagada. Me escuchó, intercambiamos alguna idea y a pesar que fué sólo eso,  estuvo bien. Era lo que necesitaba (Polonia 0 - Argentina 2) Los siguientes días en São Paulo fueron muy calmos, de a pié, sin dar tantas vueltas y sin dinero. Por fortuna de la amistad, con Fabia siempre se come bien. Ella es cocinera profesional y tiene su propia visión de restaurante a puertas cerradas. La clásica pizza margherita (albahaca, tomate y muzza), sopa de beterraba (remolachas) con queso gorgonzola y pan de masa madre con semillas… (cheto mal!), café da manhã (desayuno) incluído y obligatorio. En pocas palabras, salvadora total.


Finalmente llegó el jueves… el día del viaje. Salí de Jaguaré con tiempo, tomé el 840, Butant, Luz, Aeropuerto Internacional de Guarulhos. Comí dos sánguches y me bajé un litro de agua en 5 minutos. Ingreso, control, migraciones, freeshop, comprobante internacional de la vacuna contra la fiebre amarilla, pasaporte… y a volar!!! Atravesamos la Amazônia y tuve la extrema fortuna de hacerlo con éxito y aterrizar, pero no sin antes ver el ancho río Amazonas por algunos momentos. Ya en Bogotá, Colombia, por unas horas, iba a tomar un café para conocer el tinto colombiano, pero recordé que venía errando bastante en cuestión de orientación y vuelos; además que todo es más caro en un aeropuerto y tenía la vergüenza de no saber bien cómo manejarme con la guita colombiana. Entonces, ubiqué puertas, una silla y a esperar. Adentro de la nave, despegamos, parpadee y aterrizamos en Medellín. Me tomé un tiempo para encontrar el ómnibus que me llevó hasta la zona de San Diego y hasta el querido Camilo que esperaba bajo la lluvia por ese abrazo que le debía desde el domingo y, por qué no, aquél que nos debíamos cuando él se despedía de Buenos Aires y de Argentina. Ya en el departamento nos recibe la gata Grilla y compramos unas Águila (cerveza popular colombiana) para charlar por unas horas y ponernos al día, ya por la noche. Argentina 2 - Australia 0.


El viernes, casamiento. Armé la mochila con las únicas dos camisas decentes que tengo, una campera para lluvia, toalla de mano, zapatillas y un dinero para cambiar en el shopping. Del departamento al shopping eran unas 15 cuadras (7,5km entre lo caminado en SP y Medellín). Todo bien en el centro comercial, compré unos regalos para los novios y pido un uber 14:15, con el tiempo justo porque la ceremonia empezaba a las 15 hs. Subo 14:25, un “Hola, buenas tardes…” al chofer y nada más… pero él a los 5 minutos rompe el hielo… “De dónde pues? Argentino? Fútbol? River?”. No, Boca maestro. Pero el tipo estaba enamorado de los jugadores colombianos que jugaron en River en los últimos años… y todo dicho. Intenté hablar de fútbol con el tipo, pero jamás hubo onda con él. El señor quería mearme la aventura y no tuvo mejor idea que dejarme a 3 km. del casamiento. Y cuando sos visitante y confías en la gente, te puede pasar ésto. ¿Achicarse? ¿Pànico? jajaja ésto es Boca, y como de las malas nos levantamos, simplemente busqué y le pregunté a un cuidador de coches de un estacionamiento, y decidí jugármela y tomar un taxi para no caminar y llegar todo transpirado y desesperado. Hay muchas cosas y momentos en los que uno pone lo mejor que tiene y no salen como uno quiere. A pesar de las advertencias de Camilo con los taxis, subí a uno… ya fué. El conductor extranjero como yo, entendió mucho más la situación y me llevó hasta la ceremonia… llegué 15:15 hs. y el asunto no había empezado. ¡Victoria! (Polonia 0 vs. Argentina 2). La ceremonia y la fiesta estuvieron muy bien. Vestido y músicas noruegas con instrumentos de viento; cerveza, espumante, ron, agua, gaseosa para subir la azúcar, resaca; muestra con bailarines de salsa y tango… lindo show. La comida se hizo desear (especialmente si uno no almuerza y son las 4 de la tarde), pero llegó… así que sólo quedaba salir a bailar con lo que sea que tuviera en los pies y a disfrutar, que la vergüenza la había dejado en el aeropuerto y la banda de salsa ya había comenzado. Importante: pasarla bien y no emborracharse… si no sabía cómo llegar sobrio, mucho menos voy a saber cómo volver al departamento de Camilo en pedo (Barrio Belén, frente al aeropuerto). Por lo menos conservemos la dignidad. Conseguí viajar bien, con gente desconocida pero sin preocupación y volver en buenas condiciones, sin ningún jugador lesionado.


El sábado, todavía mareado, era el único día para aprovechar, (como mi vuelta era el domingo…). ¡¡Algo hay que hacer!! Le escribí a una muchacha con la que bailé en el casamiento, o pensé que bailé porque la que sí bailó fué ella. Pero no podía acompañarme, la menena ya tenía planes, así que no había nada que me retenga. El único problema era que no tenía la tarjeta (la “Cívica”) para viajar en el transporte público. Pero como me gusta andar y perderme en el paseo, caminé sin saber la cantidad de pasos o kilómetros hasta el metro “Industriales”, para comprar una Civica y viajar como uno más. Llegar a la plaza Botero es una cosa y la plaza, en sí misma, es otra. De la estación del metro a la plaza se ven tantas cosas que uno no imagina ni quiere levantar la cabeza o mirar para atrás; recibo ofertas de varios tipos de mercancía a las cuales me las doy de sordo y abastecido. La plaza Botero, el Museo de Antioquia y el Palacio de la cultura Rafael Uribe Uribe son edificios de otro tiempo, pesados e inmutables frente al movimiento y la aventura de cada persona que pasea apreciando figuras vivas y muertas, personas intentando averiguar qué se puede obtener de cada una de éstas figuras vivas y muertas. Quien mejor aprovechó fué un niño que subió con sus pequeñas habilidades a “La Maternidad” y tocando los pies de la figura de un niño sostenido por la figura de la madre, ambos vestidos de bronce, recibirá buena suerte (o eso quiero imaginar). Ya dentro del Museo de Antioquia se respira otra información con más pausa. No soy quien para describir críticamente un museo, pero se ven puras maravillas. Y es bello recorrer las muestras de los primeros andares, antes del plato principal, porque en el último piso se llega a una exposición del mismísimo Botero, leyenda colombiana y habitante de la ciudad de Mónaco, en homenaje a sus 90 años de vida (Sala de arte internacional - Botero 90 años). Ya de salida y volviendo a la realidad, caminé por una calle comercial donde todo se vende y compré una limonada para sentirme parte del paisaje y pasar desapercibido. Por ese shopping a cielo abierto de ofertas y demandas a pié y con más colores que el mismo museo, llegué a la Plaza de las Luces que tiene unos (200 digamos) tubos lumínicos de al menos 15 metros de alto, que estaban apagados porque todavía era de día. Ya estaba en contacto con Alex y Nika para llegar al Pueblito Paisa, siempre caminando. Habrán sido 1 hora y 45 minutos andando entre la Plaza y el Pueblito (4 km más… digamos… ya perdí la cuenta). Prácticamente la mitad de ese tiempo fué en una subida bien difícil después de caminar mil horas, pero que valen la pena para llegar y ver mitad de la ciudad recostada sobre la falda de las montañas, mayormente nubladas, con una lluvia llegando a lo lejos y unos rayos de sol alumbrando vaya uno a saber si la parte oriental u occidental de Medellín para despedir la tarde. Volviendo de ahí nos fuimos a la plaza de “El Poblado”, punto de encuentro del piberío de todo tipo. Es una plaza con un pequeño anfiteatro donde la gente llega con sus bebidas, cosechas, música, looks y vómitos post-adolescentes (pre-pre-adultos) para hacer algo un sábado a la noche. Los tres nos juntamos con Don Simón, el nuevo marido. Charlamos un rato, pero no pasó de ahí, la noche anterior había sido suficiente… para ellos. Como estaba en la zona del trabajo de Camilo, lo esperé por unas horas y el loco salió muy animado, como un sábado cualquiera en Buenos Aires . Dimos unas vueltas por bares ocultos, comimos empanadas de maíz, más tarde pasamos por la plaza y paramos al escuchar que alguien estaba reproduciendo Beatles y Stones en un parlante. De ahí pasamos por un bar a tomar “Cocaína Rusa”; tequila y una rodaja de limón con sal y azúcar mascabo encima… de Rusia nada y merca tampoco. En ese bar fuimos abordados por dos alegres hermanas con las que volvimos a la plaza, personalmente por tercera vez, para cerrar la noche con una cerveza y un taxi. 


El domingo volvía a Brasil. O eso creía. Cuando llegué a Colombia, una de las primeras cosas que hice fué mirar el pasaje y la fecha de vuelta… no podía perder o demorar el retorno a Brasil y a Paraty. El pasaje decía “Monday 10 … “ y creo que lo miré tantas y tantas veces, que esa mirada se me fue perdiendo en alguna otra cosa y me quedó en la cabeza que el día de vuelta era el domingo (monday, monday, monday, y más monday… mon, mon, mon, dom, dom, dom… domingo… domingo 10). Ese domingo me despierto mirando las (no) novedades de las redes sociales y veo que mucha gente estaba celebrando la Independencia Argentina, y digo… “Pero si hoy es domingo 10 de julio, si hoy tengo que viajar, etc, etc…”, silencio… y jajajaja. Estaba cayendo en la cuenta que hoy era 'domingo 9 de julio' y que viajaba el lunes 10, aunque ya tenga todo preparado para ducharme, comer algo y salir al aeropuerto en ese mismo momento… jajaja. Camilo se reía y me quería matar al mismo tiempo porque había avisado en el trabajo que iba a llegar 2 horas más tarde para almorzar juntos como “despedida” jajajaja. Al final, ese domingo no hice mucho más que comer y dormir una siesta. El grupo de Simón, Alex, sus parejas y la familia noruega se habían ido a hacer un tour de café (cultivo, producción, etc.). Estar fuera de los grupos y no pertenecer es un oficio que tengo desde que aprendí a atarme los cordones. Se percibe y huele. Así que me fuí a tomar un tinto y a mirar los colores de la avenida. En eso había un azúl, haciendo subir y bajar un blanco redondo, el hombre estaba jugando sólo; me sentí aliviado, en casa. Más tarde fuimos con Camilo y su amiga a la zona “La 70” a pasar una noche bien colombiana con ron, coca y música fuerte, donde todos los amigos se juntan para celebrar y beber. Obviamente que después de un litro y medio de ron entre los tres, se me apagó la tele; pero estaba en manos de un gran compañero. En manos de la amistad. Ahí sí, lunes, almuerzo, taxi a San Diego, abrazo con el Cami y bondi al Aeropuerto Internacional H. Córdova. Ahí mismo me encontré con Alex y Nika que también volvían ese día a Mexico. Y he aquí una nueva aventura. El vuelo salía 18:30 hs. y yo ya estaba en el aeropuerto, con mi mochila en la sala de esperas para ingresar al avión. Subo con el resto de los pasajeros que entre que se ubican y guardan sus valijas de mano y sus mochilas pasa fácilmente 1 hora. El avión cierra sus puertas y se ubica en la pista para arrancar y supuestamente despegar. Bueno… no. Esperamos y esperamos en la pista una hora y treinta minutos más, hasta que nos informan que hay un desperfecto técnico de la seguridad del avión. Pasados otros 30 minutos, nos informan que tenemos que bajar de la nave… sí, posta. Bajamos todos los pasajeros y pasajeras y aguardamos en la sala de espera. Llamé y mandé algunos mensajes a familia y a amigos para compartir ésta novedad que ya escapaba de mis manos y de mis precisos errores de cálculo. Compré unos manises usando la tarjeta de débito por primera vez en Colombia; bien, funciona con normalidad. Vuelvo a esperar en los asientos y recordé el vuelo de conexión de Perú a Brasil; miro y veo “11:00…” y pienso, “Será que de Perú salía a las 11 de la noche y llegaba a Brasil a las 5 o 6 de la mañana?”; miro de nuevo y caigo que sí, era a las 11 de la noche, y yo todavía en Colombia; consulto a las azafatas y me dicen: “... tranquilo porque su conexión es para el martes 11/07 a las 11… 11 de la noche”. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. Sólo un momento antes de subir al avión por 2da vez (Colombia-Perú) caí en la cuenta de que mi escala era de casi 24 hs., sin haber pensado un segundo en pasar tantas horas en Lima. Ahí mismo no sabía qué carajos hacer; ¿comprar comida en el free shop? carísimo; ¿llamar o mandar un audio a Diego (amigo peruano, morador de Paraty)? ¡¡ya estaba en la pista y no tenía señal!! ¡¡AAAAAAAHHHHHHHHHH!! Me cruzo a una azafata, le cuento mi situación y vaticina… “Puede reclamar para que le adelanten su vuelo (Perú-Brasil) a causa de ésta demora…” y mi “GRACIAS” se va en un fade-out absorbido por las turbinas y el apuro. Arriba del avión no había mucho por hacer, más que despegar, volar y aterrizar bien. De ese vuelo me guardé 175 gramos de papas fritas empaquetadas porque, básicamente, no iba a tener comida en Lima, ni tampoco forma de comprar. De hecho, relacionado con el hecho de poder pasar hambre, pensaba en averiguar la dirección de la embajada argentina en la ciudad; para que al menos me dieran un mate o un café. Finalmente volamos y aterrizamos bien en Perú. Y ahí comienza una nueva, sí… una nueva aventura.


En Lima nos reciben unas mujeres de la aerolínea (asistentes, azafatas… pero si estaban abajo del avión…? en fin). Veo que una estaba hablando con un grupo de pasajeros y les mostraban unos papeles… pero como mucha gente estaba perdiendo sus conexiones por causa de la demora, pensé que era una compensación por ese problema. No era MI problema. Sigo. Hablo con una muchacha muy amable “No tengo plata, ni tarjeta de crédito, débito, nada… mi vuelo es dentro de casi 24 hs a Brasil… ¿cómo puedo hacer para cambiar y adelantarlo?... no sé qué hacer?”. Con toda amabilidad la señorita me explica cómo  tengo que hablar con la gente del mostrador al final del pasillo. Amabilidad y sin arrogancia. A todo esto le pregunté “¿dónde está ubicado el aeropuerto?, ¿adentro o afuera de la ciudad?” en el caso que quiera caminar hasta la embajada argentina, pensaba (”Yo? Sí todo bien, acá… perdido en Lima, sin un mango y sin techo…”). En el mostrador, llego, hablo de mi situación con aquellos que me iban a dar una respuesta. Me saco la gorra, la dejo a un lado y empiezo a hablarle a la mujer que me estaba mirando. En atención al público, llega un momento donde uno o una escucha tantos problemas y/o reclamos que no prestas el ciento por ciento de atención a lo que la persona te está preguntando o consultando. Estás físicamente ahí, pero tu mente está en otro lugar y vuelve en un momento para clavarle la estaca a la conversación. Esa fué la situación con ésta mujer. Yo estaba un poco desesperado y sólo me dediqué a relatar mi situación: “Planifiqué muy mal la conexión con mi próximo vuelo y voy a estar 24 hs en Perú sin dinero peruano (Soles) y sin tarjeta de crédito o débito… Necesito adelantar mi vuelo a Brasil”. Y si hay algo que recuerdo muy bien fué el detalle de su gesto con la comisura de sus labios (1 miligramo de empatía). “No, la empresa no hace ese tipo de cambios. Si usted precisa adelantar su vuelo, tiene que subir a la oficina de ventas y pagar cualquier tipo de cambio” me dice. No me dió ningún margen para ver mi situación y facilitar una respuesta más agradable. Seca como los kilos de maquillaje de su cara. Le consulté por alguna otra posibilidad, pero era un no firme. Golpeado, pero no derrotado (Países Bajos 2 - Argentina 2), pienso: “Lo peor que puede pasar es quedarme en el aeropuerto, escuchando la discografía de Wilco”. La cosa es que voy subiendo las escaleras para ir al baño y ver qué onda en la oficina de ventas. Ya subiendo busco la gorra (cade meu boné?) y no la encontraba, ni en la cabeza, ni en la mochila… ¡¡Claro!! la había dejado en el mostrador. Vuelvo rápido, rescato meu boné, y al dar diez pasos en dirección a la escalera, me encuentro a la primera muchacha con la que me había orientado con atención y escuchado con las dos orejas. “¿Y, pudiste solucionar tu situación?” me pregunta ella. A esa altura sentía que estaba en el punto más lejano a solucionar algo. “Nooo!!” le dije “... y no sé qué hacer y bla bla bla…”. “Ok…” me dice, “…aguardame aquí que resuelvo algo y vuelvo a ver cómo podemos solucionar su situación?”. Esperé sentado, con las esperanzas al rojo vivo, ardientes. Al paso de un minuto, sin solución; dos minutos y nada; al tercer minuto ya me había olvidado de mis ganas de ir al baño; cuatro minutos y no podía dejar de sonreír sin terminar de creer lo que me estaba pasando jajajaja. Cinco minutos, nada más, para que éste ángel en forma de “trabajadora en atención al público de aeronavegación” empiece a pronunciar “Maximiliano… Maximiliano Etchenique…?” Mis gestos de turista ahogado en un vaso vacío fueron efectivos para ser reconocido por ella. “Ah sos vos…?” me dice “...mire aquí tiene: boucher para esta noche en el hotel, con desayuno, almuerzo y cena; boucher del taxi ida y vuelta del aeropuerto al hotel y el boucher de su vuelo a São Paulo para mañana 09:30 de la mañana” (penal atajado por “Dibu” Martinez a Van Dijk, Argentina gana 4 a 3 por penales a Países Bajos). La risa brotaba de cada pliego de mis labios. Percibo cierta magia. Las razones místicas las desconozco y las resguardo. Cada uno sabe cómo se maneja en la vida para reconocer si se merece éste tipo de ayuda. Y la tuve. La señorita prosiguió con su tarea para terminar su trabajo. Entre tanto alivio y alegría (me nació un "Gracias…. No sé qué decir… te quiero!") me dió una información muy importante que no pude retener. Las empresas de taxis que me iban a llevar y traer del aeropuerto al hotel eran dos: “XXXXXXX” y “Taxi 395”. "XXXXXXX" obviamente no es el nombre de una empresa de taxis, sólo fue la pálida forma que tuve para recordar el nombre. Pero era tal la emoción de sentirme a salvo que no pude pensar en más nada. Salgo de los controles del aeropuerto y llego a las ventanillas de las empresas de taxis. De las opciones que me había nombrado mi salvadora, sólo pude retener esa que tenía números en su nombre, “Taxi 395”. Encaro y la muchacha me dice que el boucher del taxi pertenece a la empresa de al lado. En ese punto se me acabó la memoria. Fué donde cada vez empecé a entender menos y menos. Creo que precisaba resguardarme de todo lo que había sucedido y usar la energía para procesarlo sanamente. Así que simplemente me dejé llevar sin registrar en el celular el nombre de la empresa de taxis o el boucher de ida y vuelta… nada. “¿A qué hora el señor desea que lo pasemos a buscar por el hotel?” me pregunta la joven de la empresa. Todavía shockeado, bajando muy de a poco las emociones, ingenuamente dejé todo en sus manos. "No sé… tengo que estar 08:30 de.la mañana acá en el aeropuerto… estamos lejos?". Ella, con mucha confianza y profesionalismo aseguró que en 20 o 30 minutos íbamos a poder atravesar el tránsito de Lima un lunes a las 07:30 de la mañana sin problemas. Otro error mío (sólo que todavía no lo sabía). Subí al taxi con el chofer, llegamos juntos al auto. Otra víctima en mi necesidad de desahogar la peripecia de viajar sin plan. Creo que en gran parte del viaje usé mucha de esa suerte que uno tiene en toda su vida. Llegamos al hotel (gigante, mil pisos) a las 2 de la madrugada y yo, como en un cumpleaños, pero haciendo el check-in alegre y ansioso al ver que el problema estaba resuelto sobre una estructura impensada. El tiempo es arte, dicen. Obviamente también conté mi receta de “Cómo no viajar” para los recepcionistas, que sonríen y preguntan la razón de la demora del vuelo. Me adentro en la columna vertebral del hotel y subo al ascensor hasta el 8vo piso. Ya saliendo por una de sus venas veo el esqueleto de aquello y empiezo a reír como si hubiera encontrado un tesoro, el timo o el mismísimo corazón de ese monstruo. Empecé a respirar de ese tenue esplendor y a dar una risa de forma novedosa, desconocida. Jamás me reí de esa forma. Después de esa nueva risa, abro la puerta, una cama, una tele, una pintura y un ventanal que mostraba el centro de Lima como jamás pensé imaginarlo. Compartí el momento en un horario justo con Alex en México. A Simón todavía no le conté así (al cabo de unas semanas, ya le conté). En fin, la cosa se resolvió. Punto. Antes de dormir, llegó Messi a mi cabeza diciendo “Poné la alarma… bobo!”. Le hice caso a Lio y, para evitar un problema más grande, puse tres… a las 05:00, 05:30, 05:45 de la mañana (semifinal Argentina 3 - Croacia 0) ¡¡¡ARRIBA!!!   


Antes que cualquier cosa desperté. Si había un día que no podía quedarme dormido era éste. Me duché… No tomé un baño de sales, pero por lo menos me lavé. Y no tenía mucho más que hacer. Recepción, 06:00 de la mañana, Juan Carlos era él. De ella no recuerdo su nombre, pero siento que era como una amiga; siempre que uno no invada o quiebre los límites. “Buen día… hago el check-out y espero el taxi 07:30 que tengo el vuelo 09:30…” Ambos llevaban toda la noche trabajando, pero creo que los desperté, sólo con ver la mirada que me lanzaron. Diplomacia aparte, advierten “No, no… es muy poco tiempo para llegar al aeropuerto, tiene que salir antes.” Ok, si ellos lo dicen…está bien (beleza). Yo “¿Podemos llamar a la empresa de taxis?“. Ellos… Juan… “Sí, debe ser Taxi 395”. Yo “No, no… cuando salí del aeropuerto hablé con '395' y me dijeron que era la empresa de al lado”. Ella “Bueno, están todas unificadas… debe ser ´Taxi 395´”. Procedo a confiar, me entrego nuevamente a otra… sí, otra aventura. Llamamos. Nombre completo, número de documento, tipo de sangre… mil datos. “El Sr. no está registrado, pero vamos a buscar su reserva en la base de datos, quédese tranquilo…” Y esa frase me dejó tranquilamente alerta. A todo ésto ya había hablado con unos 10  taxistas y creo que unos 20 trabajaban en “Taxi 395” y 30 de ellos ya sabían mi nombre. Ni siquiera era un número para ellos, porque no figuraba en su base de datos, ni en su lista de pasajeros. A las 06:30 de la mañana, momento del desayuno, no sabía si reír, tomar un café, llorar, tomar un jugo, un budín, frutas o mantener la dignidad y seguir respirando con cierta calma. Hice esto último y algún porcentaje de las otras opciones de la lista con café con leche y jugo de papaya. Vuelvo a la recepción angustiado, llamamos nuevamente a “Taxi 395” que iban a “...buscar en su base de datos”. Obvio, nada; sin registro. Le cuento toda la historia (éste capítulo de TODA la historia) a una recepcionista que recién empezaba a laburar y ella toda sonriente me dice “Ok, seguro hay un lugar libre en alguna camioneta de la empresa…”. Agrega un parpadeo y un poco más de sonrisa. Entre su frase esperanzadora y su gesto, casi me enamoro, así de desesperado estaba. Paré para respirar mientras hago equilibrio sobre una pestaña. Son esos momentos donde hay que pensar con frialdad y no claudicar… no arrodillarse. A pesar de tener internet, comida y muchas otras cosas, un simple “No” al buscar cierta información puede abolir cualquier esperanza. Pero la mía no era cualquiera de ellas. La mía era volver a mi casa. Y a pesar de no ser brasilero, Brasil era volver a casa. No es volver a la casa de tus viejos, esa ya la hice. Era volver a tu ambiente. No Plan B. Termino el café, voy, vengo, hablo con pasajeros que recordaba de vista del vuelo retrasado y todos con “Taxi 395” che, ninguno recordaba el nombre de la oootra empresa. Vuelvo a la recepción, intento confirmar la idea de la camioneta, le informo a la nueva recepcionista que yo no existo para la empresa “Taxi 395” y le recuerdo mi nombre, a lo que la recepcionista nocturna me ubica: “Sr. Maximiliano, ya conocemos su situación. Vamos a encontrar una solución. Aproveche a tomar su desayuno. Quédese tranquilo”. Ok, no tenía muchas más opciones. Vuelvo a preguntar sobre “la otra empresa…” a una pasajera del primer vuelo y nada, pero dice “Y vení conmigo en mi taxi…”; Yo “Sí, dale!”, ella pegó algunas frutas y panes, pero parpadee y no la ví más. Paso de página. Intenté solucionar todo con “la internet” buscando algún tipo de información de esa “oootra” empresa de taxis, pero nada. Me concentro en comer algo para recargar esperanzas. Sobre esta base, aparece el “Chino”, uno de los muchachos que cargan las valijas de los huéspedes que llegan al hotel y que ya me “conocía” de tanta ida y vuelta en la recepción, y me dice: “Hay una camioneta de pasajeros con un espacio libre, vaya y pregunte…”. Agarro mis pocas-muchas cosas y poniéndome de pie, digo “Ya mismo, vamos… estoy listo!”. “No, no, tranquilo… termine de desayunar…” me dice “el Chino” (como le decían los compañeros). “Seguro…? Yo ya estoy, me levanto y listo!” exclamé. “Sí, si, si… “ me responde, pero fué una de esas respuestas que uno da para finalizar el tema. El Chino ya me había dado la pista. A los diez minutos vuelve “¿No fué a hablar con el chofer de la camioneta? ¡¡Se acaba de ir!!”. “Pero usted no me iba a avisar…?” respondo. Pero qué le podía reclamar, si el que estaba errado era yo ( se me escapó la tortuga que ya estaría por Mar del Plata, según el Diego). Terminé el café y sólo podía mirar un punto fijo, anonadado, sin dejar de respirar y de comer. Creo que no me descompense por tres hechos puntuales: 1- Respirar hondo, por más cerca o lejos de resolverse el asunto, no tenía dónde caer muerto; 2- Ya tenía hecho el check-in por internet y no tenía que despachar valijas; 3- Al menos un taxi iba a pasar a buscarme 07:30 de la mañana. Nuevamente el Chino me avisa de un taxi con un lugar libre para aprovechar. El mismo gran detalle de toda esa mañana es que aquel y todos los demás taxis eran de “Taxi 395”. Pero no perdía nada con preguntar al chofer y molestar y retrasar a sus pasajeros. En fin, la misma respuesta para la misma pregunta. "El señor no figura en la lista de reservas y bla, bla, bla" me confirma el conductor. En ese momento el margen de esperanzas estaba más flaco y débil que nunca. Con la energía que me quedaba entré al Hall del hotel, llego a la recepción y cuando empiezo a abrir la boca para desahogar el último hilo de conversación sobre el asunto que todos y todas ya conocían, sucede lo siguiente. El Chino (una vez más) entra al hotel al grito de “Echenowi, Echenoqui Maxim… Maximiliano Etchenique???”. La represa de emociones se quiebra y llego a él con los brazos nuevamente en alto, como una tromba, como un campeón cualquiera; y me avisa “Señor su empresa es `Taxi Direct ́… lo esperan en la puerta…”. Me despido como terminando un show o algún tipo de actuación, con besos y cariños al aire para cada uno de los espectadores y espectadoras. Final de la final, Argentina 3 VS Francia 3.


A las 07:15 de la mañana nos sumergimos en el tránsito de Lima. Si bien estaba ansioso y expectante por llegar al aeropuerto, me estaba divirtiendo y riendo después de pasar por tanta, pero tanta angustia. Estaba saboreando esas pequeñas y grandes conquistas. Afortunadamente el chofer conocía bien el caos del tránsito limeño un día cualquiera; el hombre, por instinto y supervivencia sabía el camino a pesar de la multitud. En todo momento fuimos llevando el apuro por las calles apropiadas. Finalmente en 1 hora llegamos al Aeropuerto Internacional de Lima Jorge Chávez y 08:30 de la mañana ya estaba en la puerta del avión. Solo faltaba subir y volar, pasando por encima de los Andes y el Amazonas. ARGENTINA gana 4 a 2 a Francia por penales, somos campeones. Todo sobre las nubes de la amistad y las ruedas del amor. Ya en São Paulo, Brasil, aquella anormalidad casi familiar en aquel aeropuerto visitado mil veces, vuelvo a tener crédito en el celular y en la billetera, vuelvo a tomar el ómnibus y el metrô, vuelvo a tener que cambiar un pasaje pero ahora de ómnibus de larga distancia en la Rodoviaria Tietê, hasta Paraty por algunos pocos reales. Vuelvo a tener un par de horas sin nada por hacer y empiezo a escribir una crónica, para convertirse en un relato más que por fin termina.